sábado, 8 de diciembre de 2012

La llegada de Bruno

Publicado por Unknown en 9:04
Bruno y Tanis
La llegada de Bru me cambió la vida. De eso ya hace poco más de dos meses, pero de tantas emociones y nuevas cosas por aprender ni tiempo había tenido de escribir. Confieso que tampoco había querido, la forma en que Bru llegó al mundo me tocó de tal forma que apenas voy recuperándome.

Fue un 26 de septiembre de 2012. A las cuatro y media de la tarde asomó su cabecita por mi panza. Para la mamá primeriza parecía que ese era el fin de una de las experiencias más hermosas de su vida, pero no. El embarazo era sólo la antesala de una nueva forma de amor, indescriptible e inconmesurable que estoy viviendo al máximo.

La labor de parto comenzó un día antes alrededor de las 10 de la noche. Las contracciones, esa extraña manera de ponerse dura la panza, se hicieron regulares, con lo que la señal estaba dada.

Después de terminar de arreglar nuestras maletas, Ale y yo salimos a la medianoche rumbo a la Ciudad de México. El viaje fue de lo más placentero gracias a Alfonso y Lu que nos llevaron en su coche. Sólo apretaba la mano de Álex cada media hora que tenía una contracción, no crean que por dolor, no, era una especie de nerviosismo.

Ahí por donde da uno vuelta a observatorio se me antojo un chocolate, nos detuvimos en un Oxxo y me cumplieron el antojo, el último de este embarazo. En el hospital ya nos esperaba Lulú, la enorme doctora que estuvo con nosotros toda la noche y el día siguiente esperando a Bruno.

Llegamos al cuarto del hospital y me puse cómoda, ya saben me hicieron poner una bata y unas pantuflas. La doctora me revisó y según los signos tan favorables Bruno podía nacer en las próximas dos o cuatro horas, pero no quiso.

Aunque teníamos que conseguir 10 de dilatación, sólo llegamos a 4 en 18 horas de labor de parto, de ellas 17 la pase a toda madre, platicando con Lulú, acostada en una pelota, dormida, de la mano de Ale, caminando en el hospital enterándome de los padecimientos del resto de los enfermos, meditando, en fin. El dolor siempre fue soportable y por momentos hasta placentero. Sí, díganme loca, pero en serio, me había preparado para que fuera así.

Alrededor de las dos de la tarde, ya del 26 de septiembre, Lulú me volvío a revisar y se dio cuenta que no avanzabamos nada. Se sentó en la cama y muy seria nos dijo que tenía que hacer césarea. En ese momento el mundo se me vino abajo. Comencé a llorar y a pedir más tiempo, sólo nos dieron una hora más.

Ale y yo nos sentamos uno frente al otro, cerramos nuestros ojos y nos concentramos en la llegada de Bruno, instintivamente comence a hacer círculos con mi cadera y el dolor de mis contracciones se tríplico de un segundo a otro.

Unas ganas inmensas de pujar, de ir al baño, de llorar, de apretar las manos comenzaron, todo al mismo tiempo. Pero, no fue suficiente, a pesar de todos estos signos de la inminente llegada de Bruno la dilatación seguía estancada. No podía más, esa hora, esas seis contracciones, las más dolorosas, tenían que traer a Bruno, pero tuve que aguantar el pujo para no lastimarlo.

El resto lo recuerdo a medias, perdí la concentración cuando supe con certeza que iría al quirófano. Entonces, el dolor era horrible. Subida en la camilla me retorcía cada que llegaba una contracción. Sólo oía cómo todo mundo se apresuraba, iban, venían, me acomodaban, hasta que llegue frente al anestesiólogo. Esperamos una contracción más para que cuando fuera bajando me inyectaran y el dolor de la epidural no se sintiera.

Ale no estaba, no saben cuánto lo extrañe esa media hora, lo habían mandado a cambiarse para poder entrar y yo lloraba de pánico. Lulú estaba ahí, sentía mi miedo, por eso se acercó a tomar mi mano, cuánto le agradezco.

Un calambre en la cadera y en ambas piernas puso fin al dolor, pero inicio la angustia. Sentía que me dormía. A pesar de mis esfuerzos mis ojos se cerraban. Yo quería recibir a Bruno, hablarle, tocarlo, no me hubiera perdonado quedarme dormida, así que puse todo mi empeño en estar consciente, lo más posible.

Sentí todo, cuando me abrieron, cuando empujaron para que saliera Bru, cuando paso su cuerpecito por mi cuerpo, todo, pero como a distancia, como un testigo más. Así lo vi cuando un doctor inmediatamente que nació lo sostuvo y me lo enseñó por arriba de la tela que separaba mi cabeza de mi estómago. Bruno era gris, tenía los ojos cerrados y lloraba tan fuerte, no lo pude tocar.

Tampoco pude llorar. Por meses cada que imaginaba ese momento, cuando viera por primera vez a mi hijo, lloraba sin poder controlarlo, sentía que cuando fuera el parto sería peor y sentía alivio de en el parto iba a poder externar esa emoción. El esfuerzo por no quedarme dormida fue más grande.

El pediatra lo revisó, 9.9 de apgar, sólo porque llegó con las manos moradas. Ale nunca se separó de él. Minutos después, no sé cuántos, lo pusieron en mi pecho, tampoco pude tocarlo, sólo lo vi y pedí que lo quitarán de mi lado, me estaban retirando la anestesia y un temblor incontrolable se apoderó de mi cuerpo. Tenía mucho miedo de tirar a Bruno.

Desde el inicio de la operación y hasta el final no deje de dar indicaciones. A los médicos que lo sacaran con cuidado y que me lo enseñaran. Y a Ale que se fuera con él al cunero, que no se despegara de Bru, que se olvidará de mi que yo iba a estar bien, que no llegará al cuarto si no lo traía, que no le dieran nada de comer, que no lo bañaran y que le hablara mucho. Todo lo hizo, porque aunque yo se lo dije, Ale sabía y quería hacer todo eso.

Álex sin duda merece un agradecimiento especial, el más grande, porque fue mi apoyo incondicional, porque se entregó a mi tarea como si fuera la suya, por cuidar a nuestro hijo mientras yo no podía, por estar a pesar del cansancio, por ser el papá de Bruno, por haber tenido la sensibilidad y el amor de estar sin condiciones. Sin él no lo hubiera podido lograr.

Luego, ya sola, me cerraron y mi angustia comenzó a disminuir. Leí tantas cosas malas sobre la césarea que durante la hora y media que duró la operación tuve miedo, mucho miedo. Luego, ese miedo se convertiría en coraje. No lo logré, no pude, ¿para esto me prepare tanto? Me decía una y otra vez.

Ver a Bruno no curó la herida. Son cosas distintas. Saber que Bru estaba sano, que estaba bien, no fue consuelo. Pude llorar mi herida hasta el día siguiente con el pretexto de que me dolía el cuerpo, en realidad me dolía el alma. Ale también estuvo ahí, atento cuando desperté en un grito por el dolor y dándome la mano para dar el primer paso después de la operación.

Ese primer paso fue muy difícil, me dolía todo sí, pero más me dolía no haber podido traer a Bruno como sentía que merecía. Tal vez debía ser suficiente estar con él, verlo, tocarlo, pero no, y hasta ahora lo digo sin pena y sin culpa. Tenía una herida y dolía mucho.

Antes de que me llevarán al quirófano algo me dijo que para que naciera Bruno tenía que renacer yo. No se equivocaba. Aquel primer pasó fue como permitirme volver a nacer, a pesar del dolor, a pesar de la impotencia de no poder cuidar a mi hijo sin que eso representará un esfuerzo muy doloroso. Sí volví a nacer, ahora soy mamá.

Poco a poco ha ido sanando. Ahora puedo recordar el parto sin llorar. Ahora pienso que esto es la primera cosa que vino Bruno a enseñarme, no puedo controlar todo y debo aprender a adaptarme a los cambios. Ven, Bru me está cambiando la vida, aunque no sólo por esto, los otros motivos merecen otro post.

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